
Así, cuando pensé que había llegado el momento de enterrar mi alma y mantener con vida sólo mi materia, pura e inconsciente, un ángel perverso me susurró al oído: “Escribe. Estas emociones no volverán. Si escribes, un resto de tu alma se quedará en tu pecho”.
Y dado que nunca tuve mucho que perder, fingiendo que tenía un diario escribí una novela.
8
Esta noche, mientras ella reía, noté que un diente se encimaba a otro, como si tímidamente tratara de esconderse. Me pareció un defecto increíblemente fascinante y me pregunté por qué extraño motivo nunca me había percatado de él. Conozco sus lunares, sus pelos, conozco los variados olores que poco a poco van surgiendo cuando explora su cuerpo. Sé que tiene una costilla de más, esa que no se le ha dado a la mujer. Tiene pecas en la espalda y profundos y grandes nudillos en las manos. El brillo de las estrellas es débil y monótono comparado con el brillo de sus ojos. Tiene una boca blanda, como sólo las mujeres poseen. Tiene vientre y senos maternos, blandos como los miembros de un recién nacido.
Tiene un lunar debajo del ojo, a la misma altura que el mío.
Mientras miraba ese diente torcido, extasiada, él me miró y casi molesto dijo:
– ¿Qué pasa?
Entendí que algo andaba mal.
Entendí que estoy por ser abandonada.
Lo primero que compartimos fue un libro de poesías de Mao Tse-Tung comprado en una librería de viejo. Lo leímos de noche, en su habitación, con una manta que cubría nuestros cuerpos desnudos y todavía tibios. Las luces rojas de la Navidad colgaban en las paredes de la habitación y creíamos estar en un cubo transparente colgando en medio de la nada, donde podíamos ser vistos por cualquiera.
9
Nos pusieron afuera, bajo un cielo cargado de agua y humedad. Para repararnos sólo había alguna sombrilla, para calentarnos sólo alguna estufa. Una luz muy fuerte estaba dirigida hacia nuestra mesa y el humo del asado se adhería insolente a nuestros cabellos.
