

***
1
Cómo te sentiste ayer? Cuando llegaste a casa y prendiste un cigarrillo en la cocina, con la estufa encendida, cuando nuestro gato se refregó contra tu cuello haciendo que se agitara tu respiración, cuando cerraste los ojos y te acomodaste como un feto, ¿en qué estabas pensando? ¿Estabas bien?
Mi tormento comenzó cuando te saludé en el aeropuerto, cuando me acerqué a ti y te dije:
– ¿Entonces has entendido? Haces el check-in, subes por esa escalera mecánica y después pasas a través del detector de metales -te lo señalé con el dedo-, después de lo cual vas a la puerta que está indicada en la tarjeta de embarque y listo. Cuando hayas llegado, llámame.
Te dije estas palabras y, después de haberme alejado, me acerqué otra vez y volví a decirte todo con pelos y señales. Incluso repetí el gesto señalando el detector de metales.
Al final te abracé suavemente, sin que nuestros cuerpos entraran en contacto, y te susurré al oído:
– Gracias.
Tú, con un tono menos duro que el mío, respondiste:
– Gracias a ti, tesoro, gracias a ti.
Esa misma noche hice el amor con Thomas.
– Hagámoslo como si ésta fuese la última vez -le dije mirándolo fijo a los ojos.
Él dudó y me dijo:
– ¿Qué quieres decir?
– Estúpido… nada apocalíptico. Es sólo exceso de amor, nada más.
– ¿Por qué? -me preguntó.
Alcé los hombros y respondí:
– Porque estoy cansada de entregarme de a pedazos. Necesito extenderme hasta el infinito.
– Pero eso lo haces siempre -dijo.
Alcé de nuevo los hombres y bufé.
No, nunca me extendí hasta el infinito. No conozco el infinito. Conozco los límites, la parálisis, la sumisión. Pero no, no diría que conozco el infinito.
– Hagamos así. Piensa en qué pasaría si uno de nosotros muriese mañana; piensa en qué pasaría si uno de nosotros tuviese que hacer un viaje que durara años y años y estuviéramos obligados a volver a vernos después de tanto tiempo… o a lo mejor a no volver a vernos nunca más. ¿Cómo me amarías entonces?
