***

1

Cómo te sentiste ayer? Cuando llegaste a casa y prendiste un cigarrillo en la cocina, con la estufa encendida, cuando nuestro gato se refregó contra tu cuello haciendo que se agitara tu respiración, cuando cerraste los ojos y te acomodaste como un feto, ¿en qué estabas pensando? ¿Estabas bien?

Mi tormento comenzó cuando te saludé en el aeropuerto, cuando me acerqué a ti y te dije:

– ¿Entonces has entendido? Haces el check-in, subes por esa escalera mecánica y después pasas a través del detector de metales -te lo señalé con el dedo-, después de lo cual vas a la puerta que está indicada en la tarjeta de embarque y listo. Cuando hayas llegado, llámame.

Te dije estas palabras y, después de haberme alejado, me acerqué otra vez y volví a decirte todo con pelos y señales. Incluso repetí el gesto señalando el detector de metales.

Al final te abracé suavemente, sin que nuestros cuerpos entraran en contacto, y te susurré al oído:

– Gracias.

Tú, con un tono menos duro que el mío, respondiste:

– Gracias a ti, tesoro, gracias a ti.

Esa misma noche hice el amor con Thomas.

– Hagámoslo como si ésta fuese la última vez -le dije mirándolo fijo a los ojos.

Él dudó y me dijo:

– ¿Qué quieres decir?

– Estúpido… nada apocalíptico. Es sólo exceso de amor, nada más.

– ¿Por qué? -me preguntó.

Alcé los hombros y respondí:

– Porque estoy cansada de entregarme de a pedazos. Necesito extenderme hasta el infinito.

– Pero eso lo haces siempre -dijo.

Alcé de nuevo los hombres y bufé.

No, nunca me extendí hasta el infinito. No conozco el infinito. Conozco los límites, la parálisis, la sumisión. Pero no, no diría que conozco el infinito.

– Hagamos así. Piensa en qué pasaría si uno de nosotros muriese mañana; piensa en qué pasaría si uno de nosotros tuviese que hacer un viaje que durara años y años y estuviéramos obligados a volver a vernos después de tanto tiempo… o a lo mejor a no volver a vernos nunca más. ¿Cómo me amarías entonces?



2 из 65