Él era muy bello, yo era muy bella. Calentados por la luz de la lámpara que estaba sobre la mesa de luz, que bañaba nuestros rostros con partículas de colores.

Y cuando hicimos el amor él ya no estaba, estaba él y también estabas tú. Estaba yo, sólo una figurante. É y tú me amaron, me besaron y me rasgaron. Veía tu nariz, tu boca, tus orejas y sus ojos. Sentía latir dos corazones en vez de uno, y cuando mi cuerpo sufrió un sobresalto grité:

– Te amo tanto, tanto, tanto -pero también te lo estaba diciendo a ti.

Él y tú, custodios de mi alma y de mi cuerpo. Presuntuosamente asomados a la terraza de mi vida, la observan y la protegen como yo no se los pedí, como yo no lo pretendo.

Su sudor tenía el sabor de tu cuello, y su cuello tenía tu sabor. Después nada. Los párpados cayeron como un telón después del espectáculo y las respiraciones leves y satisfechas se entrecruzaron con los olores de la habitación. Y tú te quedaste.

Tú nunca atentaste contra mi vida y mi libertad. Tú eres demasiado liviana y yo demasiado pesada. De ahora en adelante deberé hacer que callen todas mis teorías sobre la vida para darle más espacio al sentimiento que experimento hacia ti.

Tal vez te lo merezcas.

– Un pasaje a Roma, de ida -dije.

El señor de la agencia de viajes mi miró y sonrió:

– ¿A dónde vas esta vez?

Lo miré un rato, dibujando en mi cabeza cada una de las facciones de su rostro.

– A casa -respondí.

Él bajó la cabeza a modo de reverencia y mirándome con los ojos entrecerrados dijo:

– Un momento.

Mientras él tecleaba en la computadora yo observaba los folletos que estaban a mi espalda. Entre el Congo y Laos hubiera podido ir a cualquier parte. De París a Hokkaido. De Valparaíso a Atenas.



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