
Con mis pezones erectos me hubiera gustado torturarlo.
Después de cinco o seis golpes él, por lo general, comenzaba a transpirar y el sudor le corría por la frente. Cuando estaba encima de mí las gotas resbalaban por su cara y llegaban a mi boca y yo las lamía cansinamente: eran muy saladas y amargas, tenían un vago sabor a esperma.
Esa noche no llegó a transpirar porque al tercer golpe lo detuve y le dije:
– Estoy enamorada de otra persona, no puedo.
Él se alejó de mí sin decir nada y yo me di vuelta, dándole la espalda. Delante de mí había un espejo enorme empotrado en un armario antiguo, me miré durante un instante que pareció una eternidad. Me observé y volví a ver la misma mirada perdida y pasiva que me ha acompañado, alternativamente, durante toda la vida.
– No estás enamorada de otro, estás enamorada de tu éxito y crees que yo soy un pobre fracasado que no puede satisfacer plenamente tus caprichos -susurró un minuto después.
– Ya basta -susurré yo, cansada de oírle decir que el éxito me había cambiado. Lo único que había cambiado era la visión que él tenía de mí, yo lo percibía hostil y él me consideraba como algo que ya no era suyo, sino de todos. Y yo estaba empezando a detestarlo. No a odiarlo: a detestarlo.
– Es ese escritor que viste en aquella fiesta, ¿no es cierto?
– Si te gusta pensar eso, piénsalo -le respondí, indiferente-. Como soy una estúpida y siempre te cuento todo… Pero verás que ahora todo cambiará -siempre dándole la espalda, con un volumen de voz muy bajo.
Lo oí llorar pero cerré los ojos, desinteresándome de su victimización.
Lloró sólo un poco, pronto comprendió que no bastaba para que yo me ablandara. Sus lágrimas aparecían cuando necesitaba que alguien lo comprendiera. Hubiera querido que se volviera negro para mis puños y blanco para mis no caricias. Me hubiera gustado torturarlo con mis pezones erectos.
