
Él se había llevado el cigarrillo a la boca y lo mantenía apretado con los labios, dejando que pendulara. Tenía los ojos semicerrados para resguardarse del humo que lo hacía lagrimear; sus ojos tan grandes y con pestañas casi femeninas me parecían aún más grandes, dos medialunas.
Martina le ofreció la espalda y él, con una fuerza delicadísima, comenzó a masajearle las vértebras con los dedos. Pensé en lo bello que sería sentir dos grandes manos como esas por el cuerpo y el humo de su cigarrillo invadiéndome las narices. En ese momento lo deseé, y no sólo físicamente.
En un momento determinado incluso se me ocurrió preguntarle: “Thomas, ¿me harías un masaje también a mí?”, juro que casi lo digo.
Después no sé cómo ocurrió…
Esa misma noche, en una cama de estilo imperial, enorme, Claudio se había acostado sobre mí y yo había abierto las piernas con desgano. Sólo tenía puesto un corpiño negro de seda.
El perfume de la madera estacionada me daba una reconfortante sensación de calor. La oscuridad se tragaba todo, en el cuello llevaba un collar con la perla que me había regalado, única fuente de luz dentro del cuarto. Mis pensamientos eran como estrellas fugaces enormes de las que no lograba divisar la cabeza. Claudio experimentaba hacia mí algo parecido a los celos y a la envidia, y si no le dedicaba suficiente tiempo se ponía mal y me hacía sentir culpable. Lloraba hablando por teléfono, rogándome que no lo dejara, mortificando mi felicidad.
– No veo la hora en que todo este lío se aplaque -decía-, quiero volver a tenerte sólo para mí. No te ilusiones, se olvidarán pronto de ti.
No, Claudio, no me ilusiono. Espero profundamente que se olviden de mí, espero que nadie me recuerde. Tienes que olvidarme.
Claudio entró dentro de mí y comenzó a moverse. Yo sentía el vientre inflado y percibía su sexo como algo desconocido. Giré la cabeza hacia el lado opuesto mientras sentía el roce de su abdomen contra mi pubis.
