
Los muslos de la abuela, en esas ocasiones, eran sublimes; mientras bailaba “Batti in aria le mani, e poi lasciale andar… se fai come Simone, non puoi certo sbagliar”.
Eran sublimes para mí y para el señor Loy, ese sardo que tenía una mujer que se parecía a una tarántula. Todos los fines de semana la orquesta estaba obligada a irse antes de lo previsto porque el abuelo se agarraba a trompadas con el señor Loy, que impertérrito seguía babeándose detrás de la abuela.
Ella resplandecía más que nadie, la reina del verano. Brillaba, y su brillo era más potente que el reflejo del sol. Más que las joyas de la Megera.
15
Aveces pienso en ustedes. No, no es cierto, no pienso en ustedes a veces, pienso siempre. Y cada vez que pienso en ustedes se me escapa una lágrima, de un solo ojo. Si Thomas me pregunta por qué estoy llorando le respondo que no es nada, que miré fijamente un punto en el horizonte y que por eso me arden los ojos. Pienso en ustedes y en soledad al mismo tiempo.
Acaba de llegar la pizza y ustedes se han puesto a revolver en la alcancía buscando monedas porque el muchacho del delivery no tiene cambio. Cuando él y sus granos rojos se van ustedes se ríen y dicen:
– Qué bobo es éste…
Se sientan en el sofá con las piernas cruzadas y encienden la televisión, buscando una película que pueda emocionarlos.
