
Experimentábamos una alegría exponencial: la alegría del juego acuático y la alegría de la trasgresión a sus reglas estúpidas. Porque… si no querían que nos bañáramos después de haber comido, ¿para qué nos traían la comida a la playa?
A las siete, cuando el sol comenzaba a retirarse y el mar se volvía gris, llegaba la jefa.
La jefa no era más alta que nosotros, los niños, tenía el pelo rubio y corto, ojos muy verdes y grandes, la piel lisa como la seda, las tetas caídas por haber tenido seis hijos en seis años, la panza hinchada y dura. Y los muslos… los muslos más bellos que jamás haya visto. Finos y ágiles, sin una huella de celulitis, tonificados y suaves.
La jefa llegaba más armada que ustedes, traía bidones de agua, bandejas llenas de comida, helados y bananas. La jefa nos daba miedo y nosotros, los niños, estábamos obligados a comer las bananas bajo su vigilancia.
– Come, niñita, come que te hace bien.
Nuestros estómagos eran reservas infinitas de alimento, hubiéramos podido vivir sin comer durante meses. Era su modo de expresar afecto.
A la octava banana, si alguno de nosotros decía “Basta, abuela, estoy lleno”, te echaba una mirada hosca que hacía que te hicieras pis encima, y suerte que las mallas ya las teníamos mojadas. Después llegaban papá y los tíos, ellos también portando sus propios instrumentos: máquinas fotográficas y filmadoras. Decían que querían fotografiarnos a nosotros, los niños, pero el objetivo, en realidad, siempre apuntaba a los culos de las mujeres del mar. Ustedes se enojaban, pero seguían tomando sol balbuceando:
– ¿Pero qué ven de lindo en ese culo? Es fláccido, caído…
Todos los fines de semana llegaba la orquesta y se instalaba en el patio central al que se asomaban todos los veraneantes.
