
– ¿Quieres dormir conmigo esta noche? -le pregunté.
Estábamos en Cosenza y la universidad que me había alojado había puesto a mi disposición dos cuartos, uno para mí y otro para mi acompañante.
– Es feo dormir solos… -seguí, hundiéndome cada vez más en la vergüenza.
– OK -respondió él, mientras sus mejillas se encendían.
El olor de su cuello era embriagador; era joven, era un niño. Era todo lo que quería.
– Tu aliento… -susurró él de golpe, en la noche-, amo tu aliento.
Apreté entre los dedos su camiseta y cerré los ojos.
Él aprisionó mi aliento en un alambique de vidrio y lo huele cada vez que me ama.
17
La marcha del tren acompaña nuestros movimientos mientras los suspiros crean un coro ligero y líquido, roto a veces por los nudos en la garganta, por el roce de los labios que cada vez más se vuelve una carrera hacia el cuerpo del otro, las lenguas ingresan de manera imperiosa, perturbadora, la oscuridad de la noche, rota a veces por los faroles esparcidos en las rutas del campo, concilia turbiedades y fantasías provocadoras, mientras mis muslos aprietan su cuerpo, lo comprimen y le gritan: “¡No te irás, no te irás! ¿Por qué te escapas? ¿Por qué no vuelves? ¿Por qué no bebes mi aliento?”.
