
Las palmas de las manos contra su pecho cálido y maternal, el cuello inclinado hacia atrás, los ojos que retienen las lágrimas, tal vez lágrimas de sangre.
El eco ha vuelto otra vez a susurrar en mi cabeza, demasiado suave para poderlo interpretar, pero lo suficientemente fuerte para percibir un soplo de viento, de brisa. De golpe he gozado, ha emanado de mí tanta energía que él también sufrió una sacudida en el vientre. Sangre, sangre por todas partes. Sangre en mi cabeza, sangre en mis ojos. Mis venas vacías.
Entonces trazo un recorrido con la estilográfica que me regaló papá, la que uso para escribir, quiero saber si todavía tengo sangre adentro. Vacía, completamente vacía.
Sólo recuerdo que él volvió al compartimento y gritó. Recuerdo sus dedos sucios y sus ojos abandonados, ya tan distantes.
Y la distancia, un día, lo llevará al extremo del segmento de nuestra vida, se alejará de mí y terminará en los brazos de Ella. Cuando esté con Ella verá una niebla espesa que le impedirá recordar. Mientras esté con Ella yo moriré lentamente dejándome llevar por esa niebla. Así, al menos, lo veré de cerca.
Una lombriz venenosa anida en nuestros vientres; en su cuerpo están impresas las diapositivas de nuestra vida. Cada vez que la lombriz se mueve, una diapositiva se apoya en nuestro ombligo y la luz proyectada hacia el exterior nos encanta. Nos quedamos allí, mirándola. Después estallamos en llanto.
Al principio no entendía qué era lo que se movía dentro de mi vientre. Pensaba que era un bebé que no quería crecer, que no quería nacer, que quería quedarse inmerso y en suspensión dentro de mi líquido amniótico. Pero después vi imágenes en mi cabeza, y esas imágenes eran el fruto de un dolor.
Y ese dolor era el fruto del movimiento de mis intestinos, de mis vísceras, de mi carne.
Un dolor que tiene sus propias raíces en mi pasado, y no puedo deshacerme de ese pasado con un ataque de tos: debo vivirlo y debo cuidarlo.
