
Sacudí la cabeza, negando.
Él me sonrió y extendió el polvillo sobre una bandeja de plata salpicada aquí y allá con algunas gotas de champagne. Limpió las gotas con los puños de la camisa farfullando algo.
Lo aspiró de un saque. Levantó la cabeza llevándola hacia atrás y cerró los ojos moviendo la nariz como los conejos.
Por un instante me pareció que su cuerpo se volvía transparente, vi su piel derritiéndose y su organismo enteramente visible. Sus órganos eran más oscuros que sus ojos y aquí y allá una úlcera desgarraba las mucosas. El polvillo cristalino se expandía por todo el cuerpo, se ramificaba como un río que tiene distintos afluentes, y parecía casi una fuente divina, parecía casi un manantial purificador.
Luego, por la puerta, se asomó primero una gran panza, y luego el cuerpo de una mujer bella y joven que se acercó al hombre-jefe africano y le acarició el cabello preguntándole si era buena.
Él respiró a fondo, ensanchando las narices, y respondió:
– Divina.
La mujer hizo una mueca, como si hubiese querido decir: “Di que tengo el párvulo en la panza, que si no…”.
Después me miró y me preguntó:
– Tú no habrás tomado de eso, ¿no?
Yo sacudí la cabeza y respondí:
– No, no me gusta.
Hice un gesto apuntando los pulgares hacia arriba con los puños cerrados y se dirigió a una gran casetera, abrió un casete y extrajo un porro bien confeccionado, como debe hacerse.
Lo miró como yo miraría una linda pija y después suspiró.
Lo encendió y se acostó en la cama fumando con placer.
Pocas semanas después la vi actuando en una película, tenía el cabello más largo y todavía no estaba embarazada. Sus pupilas eran pequeñas como la brasa de un porro.
21
Sucedió de improviso. Me senté en la taza del inodoro y sentí primero un hormigueo en los ovarios y luego un ruido sordo dentro de la taza. Cuando era pequeña estaba convencida de que del inodoro podían salir ranas que treparían por mi espalda. Me corrí un poco manteniendo las piernas abiertas y unas gotas de sangre cayeron en el piso.
