Adentro no había una rana. Había un renacuajo. Un renacuajo de hombre. Era rojo, flotaba en una piscina dorada, mirándome con su único ojo negro, casi más grande que su propia cabeza. Tenía una pequeña cola, su cuerpo era alargado, como el de una luciérnaga.

– “Sutta ‘n palazzu c’è ‘n cani pazzu, te pazzu cani stu pezzu ri pani”

Sentí que me temblaba el corazón y que mi mente se nublaba. Flotaba, moviéndose de aquí para allá, como si verdaderamente ese juego acuático lo estuviera divirtiendo. Oía la lejana risa estridente de un niño y ese renacuajo seguía flotando y flotando repitiendo “sutta ‘n palazzu c’è ‘n cani pazzu, te pazzu cani stu pezzu ri pani”.

Luego, por miedo a que aquello fuese un monstruo, apreté el botón. Un potente torbellino lo arrastró a la cloaca.

El ruido del agua no me dejó oír la llegada de Thomas. Había cerrado la puerta y había apoyado el casco en el piso.

– ¡Eh, estoy en casa!

Tomarlo. Eso hubiese debido hacer. Tomarlo y destrozarlo.

– ¿Dónde te escondes?

Destrozarlo por la rabia, por el amor inmaduro, por ese amor que hizo que lo amara por un tiempo muy breve y esa muerte que me lo arrancó del vientre.

– Chiquita… ¿dónde estás?

Salí del baño con la mirada baja y le sonreí.

– ¿Qué hacías? -me preguntó.

– Estaba en el baño -respondí.

Limpiarle todo rastro de sangre y mantenerlo desnudo y limpio bajo la almohada.

– ¡Ah, tengo una sorpresa…! -dijo él, entusiasta.

Tocar sus miembros blandos y hundirse en su pecho con un dedo. Tomarle el corazón, levantarlo al cielo.

– Ya sé que tendríamos que haberlo hecho los dos, pero no pude resistirme…



36 из 65