Ponerlo en mi pezón por algunos minutos, el tiempo que lleva llorar.

Después sentí una cabeza peluda acariciándome los tobillos y pensé que mi hijo había vuelto bajo la forma de un fantasma aterciopelado.

Miré delante de mí y le pregunté a Thomas:

– ¿Qué es?

Él me miró y luego dijo:

– Es un perro.

Bajé la cabeza con los ojos llenos de lágrimas.

Y después estallé en llanto y me puse a gritar.

La oscuridad ya había hecho su ingreso en la habitación, el viento movía levemente la cortina roja, mientras el volumen alto del televisor de los vecinos ocupaba ese silencio inmóvil.

– ¿Qué hacemos? -me preguntó acariciándome los pies.

– Lo que quedaba por hacer ya lo hizo él. Todo es como antes -respondí, seca.

Él se puso de pie, prendió un cigarrillo y se asomó a la ventana. Lo sentía respirar.

El perro se refugió en un rincón, asustado, mientras con el rabillo del ojo seguía todos mis cansados movimientos.

– Todo es como antes -repetí.

El humo de su cigarrillo se disolvía en el aire bajo forma de aros.

– ¿Por qué lo tiraste? -me preguntó con un tono de voz que nunca antes le había oído.

– Salió solo, yo…

– No, no -me interrumpió-. ¿Por qué tiraste el renacuajo?

Me quedé pensando un momento, en realidad yo tampoco lo sabía.

El perro seguía mirándome y en mi cabeza retumbaba la frase “sutta ‘n palazzu c’è ‘n cani pazzu, te pazzu cani stu pezzu ri pani”.

– Por miedo, tal vez -respondí.

– ¿Miedo de qué?

Alcé los hombros, pero él no podía verme.

– Tendrías que habérmelo mostrado – dijo después.

– ¿Qué habría cambiado…? -respondí con lágrimas que volvían a quemarme los ojos.

Después se giró y dijo:

– Lo siento.

Todo es como antes.

¿Todo es como antes?

22

Tú eres casi negra y yo blanca como el algodón, tú eres alegre y yo, una melancólica perenne.



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