
El 127 era nuestro nido, nuestro refugio. ¿De qué? A lo mejor del tiempo. Tú tenías alrededor de veinticinco años y yo tenía casi cinco, pero ambas intuíamos que tal vez el tiempo nos robaría algo muy valioso: la despreocupación.
Cuando cambiaste el 127 amarillo por un auto rojo más moderno, nuestra relación cambió y yo me vi obligada a tener que ir sola a los lugares embrujados, a los lugares donde viven las ilusiones.
“Mañana tu niña podrá caminar sola por las calles de la vida, tejidas con lágrimas y sueños, y tal vez tendrá en el corazón su herida.”
¿Recuerdas estas palabras?
Yo las recuerdo. Todos los días.
23
Bajo a comprar cigarrillos -dijo mientras salía, golpeando fuerte la puerta.
Yo, tirada en el sillón, fumaba el último, impresionada por las imágenes y las voces de la televisión. Asentí, mirando derecho enfrente de mí.
Cuando oí la puerta del ascensor abriéndose y cerrándose, fue como si de improviso un rayo me hubiese atravesado, cargándome de una energía sobrehumana. Fui corriendo hacia la ventana y tomé su celular, que estaba apoyado en el alféizar.
Hice que velozmente se deslizaran los mensajes entrantes y no vi nada que pudiera preocuparme, aunque por un instante tuve el presentimiento de que él pudiera haber trascripto el número de alguna otra con mi nombre o el nombre de su madre. Entonces controlo todos los textos de los mensajes y el presentimiento se desvanece.
