
De pronto una tos ronca, exactamente detrás de mí, me hace dar un brinco, siento el viento que mueve mis cabellos.
La miro y le digo:
– ¿Qué quieres? Estoy ocupada. No es el momento.
Ella me sonríe y me susurra con un graznido:
– Me gusta lo que estás haciendo. Debes saberlo todo. Sigue, sigue controlando cada uno de sus movimientos, sigue cada uno de sus pasos y escucha atentamente cada una de sus palabras: podría mentirte de un momento a otro. Estoy aquí para ayudarte, para hacerte dar cuenta de que la realidad nunca es como te la imaginabas.
– ¿Ah, sí? -digo con desprecio-, ¿y tú qué sabes?
Ella no dice nada, va a la cocina y se sirve un poco de agua en un vaso. Sin decir una palabra gira hacia mí vertiendo el agua, que ante mi sorpresa no cae al piso sino que sigue una línea horizontal, perfecta y precisa. Una línea que se detiene a pocos centímetros de mi nariz. Miro a la mujer y, extasiada, le pregunto:
– ¿Qué es eso?
Ella se cruza de brazos y con una sonrisa responde:
– Esa es tu realidad. Transparente, perfecta, decidida, fluida. Tú la has vertido en el lugar donde te parecía más apropiado y ahora vives dentro de ella, pero el espacio en el que la has liberado no es el que le pertenece. La que tienes delante de tus ojos es tu realidad, la real, donde debería estar: en una línea recta y perfecta que sigue, al mismo tiempo, distintas direcciones. Esa línea eres tú.
– ¿Lo que estás tratando de decirme es que hice elecciones equivocadas? ¿Es eso?
Sacude la cabeza y se me acerca, haciendo que se estremezca el agua suspendida en la habitación.
– Lo que quiero decirte -dice- es que hasta ahora has escondido tu verdadera naturaleza porque te atrae la idea de una vida tranquila y normal. Pero tú no quieres esto, nunca lo has querido. Lo que estás haciendo ahora, controlar sus movimientos, es un gesto sensacional de tu parte: el primero de una larga serie. Por eso te digo: basta con tanta charla, mira qué hay en ese puto teléfono y piensa en lo que haces.
