
Oscuridad, cenizas, lava coagulada y enfriada. A pesar de eso el sol pega continuamente entre los bajorrelieves barrocos y en las cortinas de encaje blancas de las viejas casas del centro; toda la ciudad parece hundirse en una gran, infinita, profunda oscuridad. Catania es tenebrosa. Es como si estuviera atravesando el umbral de una enorme boca abierta de par en par, llevada por un tren cansado. Catania es así incluso cuando parece que la vida no puede estar contenida en sus estrechas plazas y en sus calles arañadas, cuando por la noche jóvenes, carteristas, putas, drogadictos, familias y turistas se encuentran en el mismo lugar, todos, a la misma hora, dando vida y origen a orgías exóticas y desordenadas. Catania es bella porque no tiene jerarquías, porque no tiene tiempo, porque es ignorante de la fascinación que provoca. Es bella como una mujer desnuda, blanca y con el cabello negrísimo, que le cae sobre los ojos cuando la mano de un hombre violento le tapa la boca, susurrándole con malicia: “No digas nada, puta”.
Catania es así, una puta que no habla porque alguien le tapa la boca.
Yo soy alguien profundamente cataniense. Tengo dentro de mí la vida y la muerte, no le temo a ninguna de las dos. Pero a veces la vida tiende hacia la muerte.
A menudo, si alguien se alejó de casa por mucho tiempo, lo oigo decir que el único motivo que lo impulsa a retornar a su propio canil es la necesidad de reencontrarse con sus propias raíces, de indagar en el terreno y apropiarse de él, viviseccionándolo. ¿Raíces? ¿De qué raíces me hablan? No somos árboles, somos seres humanos. Seres humanos que provienen de una semilla y que seguirán siendo semillas por toda la eternidad. A lo sumo, tal vez, el único lugar donde hemos tenido raíces es en el vientre materno.
Y si un día quiero volver a mis orígenes, si siento deseos de comer mis propias raíces, no deberé hacer otra cosa que desgarrarte el vientre, entrar con todo el cuerpo y atarme a ti con un hilo ficticio.
