
Tomé el pasaje de avión y lo mantuve delicadamente entre los dedos: mi pasaje de entrada.
Cuando salí de la agencia un frío sutil hizo que se me crispara la piel. Me envolví con mi abrigo (el rojo, de piel, el que a Ornella le hace recordar una bata) y trepé por la Acchianata de San Giuliano. Decidí pasar por Piazza Crociferi, donde el exceso y el lujo barroco compiten con la degradación, la muerte y la descomposición de las mismas casas que tienen frisos y frisones, flores que germinan en la piedra e inexorablemente se secan. Allí fue donde di el primer beso, allí fue donde intercambié golpes con una imbécil; más adelante, la escalinata donde una noche saboreé una cerveza con un desconocido sin pedir nada a cambio.
Pero ningún recuerdo consiguió despertar sensaciones adormecidas.
Entonces seguí hasta la Piazza del Elefante y lo único que vi fueron los abrigos grises de los funcionarios de la municipalidad.
Seguí hacia la pescadería y allí también lo único que vino a mi mente fue esa vez, hace tantos años, cuando tú, la abuela y yo habíamos ido a comprar pescado; y lo que más me había asombrado aquella vez fue la estrella de mar que estaba adherida a la espalda de un pez espada que aún vivía. Pocos, demasiado pocos recuerdos que, en su mayoría, son vanos y están descoloridos.
Si alguien me preguntara cuál es la ciudad que más odio, respondería Catania. Y daría la misma respuesta si me preguntara cuál es la ciudad que más amo.
Siempre me has dicho que estar lejos de la propia tierra es lo más doloroso que puede haber. Siempre me has dicho que, si me hubiese ido, habría sentido a la nostalgia agarrándome por el cuello y arrastrándome hacia la desesperación y el dolor.
Yo te decía que para mí un lugar vale lo que cualquier otro y que Catania incluso era el lugar al que más le temía, porque Catania te deglute.
