

Mary Higgins Clark, Carol Higins Clark
Última Oportunidad
No hay nada peor que asistir a los preparativos de una gran fiesta sabiendo que uno no está invitado. Peor todavía si la fiesta se celebra en el cielo, fue lo que pensó Sterling Brooks. Cuarenta y seis años, según la cuenta terrenal, llevaba en la sala de espera, que estaba situada justo enfrente de las puertas del cielo, El coro celeste estaba haciendo un repaso a las canciones con que daría comienzo la celebración de la inminente Navidad.
«Hark, the herald angels sing…»
Sterling suspiró. Siempre le había gustado esa canción. Se rebulló en su silla y miró a su alrededor. Había varias hileras de bancos llenos de gente que esperaba ser llamada ante el Consejo Celestial. Personas que tenían que responder de cosas que habían hecho -o no habían hecho- en la vida, como paso previo a ser admitidas en el cielo.
Sterling llevaba esperando más que ninguna otra persona. Se sentía como el niño cuya madre no ha ido a recoger al colegio. Normalmente era capaz de poner buena cara, pero en los últimos tiempos se había sentido cada vez más desamparado. Desde su asiento junto a la ventana había visto pasar a lo largo de los años, en un incesante desfile hacia el cielo, a muchas de las personas que él había conocido en la tierra. A veces le molestaba un poco que algunas de ellas no tuvieran que aguardar ni un minuto en la sala de espera. Incluso uno que había estafado al fisco y que había mentido sobre su puntuación en una partida de golf cruzó alegremente el puente que separaba la sala de espera de las puertas del cielo.
Pero lo que le partió el corazón fue ver a Annie. Hacía un par de semanas, la que había sido su amor pero con la cual no había llegado a casarse, la mujer de la que se había quedado colgado, había pasado por allí tan guapa y tan joven como el día en que la conoció. Sterling fue corriendo a información y preguntó por Annie Mansfield, el alma que acababa de pasar volando frente a la ventana de observación. El ángel consultó su ordenador y levantó las cejas.
