
– Ha muerto hace unos minutos, el día que cumplía ochenta y siete años. Mientras soplaba las velas, ha tenido un desvanecimiento. Qué vida tan ejemplar, la suya. Una persona generosa, tierna, bondadosa.
– ¿Llegó a casarse? -preguntó Sterling.
El ángel tocó algunas teclas y movió el cursor, como un vendedor de billetes tratando de buscar la confirmación a una reserva de vuelo.
– Fue novia durante bastante tiempo de un memo que la tuvo engañada, y la pobre quedó destrozada cuando él murió de forma inesperada. Le dieron en la cabeza con una pelota de golf. -El ángel movió de nuevo el cursor y miró a Sterling-. Oh, perdona. Eras tú.
Sterling volvió a su asiento. Desde entonces había recapacitado mucho. Reconocía que había vivido cincuenta y un años en la tierra sin asumir jamás ninguna responsabilidad, evitando siempre las cosas desagradables o preocupantes. «Adopté el lema de Escarlata O'Hara: "Ya pensaré en eso mañana», reconoció interiormente.
La única vez que Sterling recordaba haber experimentado un nerviosismo prolongado fue estando en lista de espera para entrar en la Universidad de Brown. Todos sus amigos de la escuela preparatoria habían recibido abultados sobres de las facultades que habían elegido, dándoles la bienvenida y animándolos encarecidamente a que enviaran cuanto antes el dinero de la matrícula. Faltaban pocos días para el inicio del curso cuando Sterling recibió una llamada de la oficina de admisiones de Brown confirmándole que tenía una plaza en la clase de primero. Eso puso fin a los cuatro meses y medio más largos de toda su vida.
Sabía que el motivo de que hubiera entrado en Brown solo a duras penas, pese a estar dotado de una fina inteligencia y de excelentes facultades atléticas, era que en el instituto se había dedicado a gandulear.
