
Un instante después la niña levantó la vista, y Sterling vio que hacía esfuerzos por contener las lágrimas. Sus miradas se encontraron. ¿Podrá verme?, se preguntó. No podía decirlo con seguridad, pero tenía la certeza de que la niña se había fijado en él, y que le necesitaba. Mientras la observaba alejarse lentamente por la pista, con los hombros visiblemente caídos, no le cupo duda de que era a ella a quien le habían enviado a ayudar.
La niña se puso los zapatos y luego se dirigió hacia las escaleras. Por un momento, Sterling la perdió de vista, pero enseguida la alcanzó cuando ella estaba subiendo a un autobús con la inscripción MADISON VILLAGE SCHOOLS que estaba esperando en la calle Cuarenta y nueve. Ah, pensó, así que van a Long Island. Oyó que la profesora llamaba Marissa a la que sin duda era la alumna más pequeña del grupo. Marissa fue directamente hasta el fondo del vehículo y se sentó sola en el último asiento.
Cada vez más a gusto, sabiendo que nadie podía verle, siguió a la niña hasta el autobús y se sentó en el asiento del otro lado del pasillo. Ella miró hacia donde se encontraba él en varias ocasiones, como si fuera consciente de su presencia.
Sterling se acomodó. Iba por buen camino.
Miró de reojo a Marissa, que se había apoyado en la ventanilla y tenía los ojos cerrados. ¿Qué era lo que tanto abrumaba a la chiquilla? ¿En qué estaba pensando?
Sterling se moría de ganas de saber qué ocurría en su casa.
– Es increíble. Otra Navidad con mamá a tantos kilómetros de aquí. -Eddie Badgett estaba a punto de llorar- Echo de menos mi tierra, echo de menos a mamá. Quiero verla.
Su rostro rubicundo se desdibujó en una expresión de congoja. Pasó los dedos por su espesa mata de cabellos grises.
La Navidad había puesto a Eddie en un estado de tristeza que todo su dinero, acumulado gracias a la usura, no podía borrar.
