
Por el rabillo del ojo pudo ver las agujas de la catedral de San Patricio, y eso le hizo concentrarse de nuevo en su tarea.
A ver si lo entiendo, pensó. Me han enviado para que ayude a alguien y he aterrizado en el Rockefeller Center. Eso indica, sin duda, que la búsqueda debe empezar allí. Y Sterling desandó el camino.
Con gran atención, se dedicó a observar las caras de las personas con las que se cruzaba. Pasó una pareja, los dos vestidos con prendas ajustadas de cuero negro, los dos también con aspecto de que les hubieran cortado la cabellera. Para completarlo, llevaban la nariz y las cejas perforadas. Procuró no quedarse mirando. Los tiempos han cambiado, vaya que sí, pensó.
Mientras caminaba, tuvo la impresión de que algo le empujaba de nuevo hacia el majestuoso árbol navideño que constituía el mayor atractivo del Rockefeller Center en esas fechas.
Vio que tenía cerca a otra pareja, esta vez vestida de manera más tradicional. Iban cogidos de la mano y parecían muy enamorados. Tuvo la sensación de estar fisgando, pero necesitaba oír lo que decían. Algo le sugirió que el joven estaba a punto de pedirle que se casara con él. Ánimo, pensó.
Antes de que sea demasiado tarde.
– Creo que ha llegado el momento -dijo el joven.
– Por mí, vale. -A la chica le brillaban los ojos.
¿Dónde está el anillo de boda?, se preguntó Sterling.
– Nos iremos a vivir juntos y dentro de seis meses veremos qué tal ha ido la cosa.
La joven parecía extasiada.
– Soy muy feliz-. Susurró.
Sterling se alejó de allí meneando la cabeza.
Eso en mis tiempos no se podía ni imaginar, pensó. Un tanto desanimado, se acercó a la barandilla que rodeaba la pista de patinaje. La música estaba terminando y los patinadores se dirigían a la salida. Vio a una niña que daba un último giro sobre el hielo. Lo hace muy bien, pensó.
