Este tipo es un empalagoso, pensó Sterling.

– Déjame en paz -suspiró Marissa.

Sobresaltado, Sterling observó la posible reacción de Roy. No hubo tal. Roy estaba totalmente pendiente de la carretera. Sus manos agarraban con fuerza el volante, y conducía muy por debajo del límite permitido.

– Patinando llegaría antes a casa -murmuró Marissa.

Sterling se sintió muy satisfecho de comprobar que no solo tenía la facultad de hacerse visible a ella a su antojo, sino que podía además leerle el pensamiento. Sin duda alguna, el Consejo Celestial le estaba proporcionando ciertas herramientas y poderes, pero dejándole que él mismo descubriera su alcance.

Estaba claro que no le iban a facilitar las cosas.

Se echó hacia atrás, consciente de que aun cuando no estaba allí en carne y hueso, se sentía claramente incómodo. Era la misma reacción que había tenido al tropezarse con aquella mujer en la pista de patinaje.

El resto de los siete minutos de trayecto hasta la casa transcurrieron básicamente en silencio, a excepción de la radio, que estaba sintonizada en una emisora que emitía una música muy lánguida.

Marissa se acordó de un día en que había puesto la radio del coche de su padre y había salido una canción suya.

– ¡Pero bueno! -Había dicho él- ¿Es que no te he enseñado a tener buen gusto en música?

– ¡Es la emisora que escucha Roy! -había exclamado ella, triunfante. Y los dos se habían reído.

– Nunca entenderé por qué tu madre decidió cambiarme a mí por él-había comentado su papá.

Con que es eso, pensó Sterling. Roy es su padrastro. Pero ¿dónde está su padre?, ¿por qué, ahora que piensa en él, se la ve tan triste y enfadada a la vez?


– Roy ha ido a recogerla. No creo que tarden, pero yo diría que no querrá hablar contigo, Billy. He intentado explicarle que no es culpa tuya que tú y Nor tengáis que estar fuera por un tiempo, pero Marissa no quiere saber nada.



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