– NorNor -llamó de nuevo la niña.

Sterling paseó la mirada por la sala. En una mesa esquinera justo a la derecha de la puerta había una niña. Estaba mirando hacia donde se encontraba él. ¡Era Marissa! Parecía un poco más pequeña, su pelo un poco más corto, pero la diferencia más notable era que se la veía feliz. Le brillaban los ojos, sonreía, llevaba puesto un conjunto rojo de patinar. Con ella había un hombre muy guapo de ojos azules y pelo oscuro que no tendría treinta años.

Billy Campbell, pensó Sterling. Tiene pinta de actor de cine. Ojalá yo hubiera sido así en vida, pensó. Bueno, tampoco es que tuviera nada de que quejarme.

– Enseguida voy, Rissa -dijo Nor.

Estaba claro que Marissa no le había visto. Por supuesto, pensó Sterling. No hemos de conocemos hasta el año que viene.

Se acercó a la mesa y se sentó delante de la niña. Qué diferente está, pensó con ternura.

Ella y su padre estaban terminando de comer.

En el plato de Marissa había cortezas de un bocadillo caliente de queso. A mí tampoco me gustaba la corteza, recordó Sterling.

– Papá, ¿me dejas ir a la fiesta contigo?-preguntó Marissa mientras jugaba con la pajita de su refresco-. Me encanta oíros cantar a ti y a NorNor. Te prometo que no molestaré.

– Tú nunca molestas, Rissa -dijo Billy, revolviéndole el pelo-. Pero, créeme, no es una fiesta para niños.

– Quiero ver cómo es por dentro esa casa tan grande.

– No eres la única -murmuró Billy levantando una ceja-. Mira, en Año Nuevo iremos al Radio City. Será mucho más divertido, te lo aseguro.

– Un niño del colegio dice que los propietarios de esa casa son como los protagonistas de Los Soprano.

Billy se rió.

– Es otro motivo para no llevarte, pequeña.

¿Soprano?, pensó Sterling.

Nor Kelly se sentó en la silla contigua a la de Marissa.



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