Es absolutamente imposible que pueda reunir los doscientos mil dólares que me prestaron, y no digamos ya el cincuenta por ciento de intereses que ellos añadieron a la suma, se dijo desesperado.

Cómo se me ocurrió tener tratos con ellos. Pero es verdad, razonó, que tengo una estupenda línea de productos. Si puedo mantenerme un poco, la situación cambiará; solo que ahora he de convencer a los Badgett de que me dejen renovar el pagaré.

Desde que habían empezado sus dificultades financieras, Hans Kramer había adelgazado seis kilos; su cabello castaño empezaba a encanecer.

Sabía que su mujer, Lee, estaba muy preocupada por él, aunque ella no sabía hasta qué punto la situación era apurada. Hans no le había dicho nada acerca del préstamo, pero sí que necesitaban reducir gastos. En efecto, ya casi no iban nunca a cenar fuera.

La siguiente salida de la autopista llevaba hasta la mansión Badgett. Hans notó que le empezaban a sudar las manos. Qué petulante fui. Me vine de Suiza cuando tenía doce años y sin hablar una palabra de inglés. Me licencié por el Instituto Tecnológico de Massachusetts con excelentes notas y creí que me iba a comer el mundo. Y así fue, brevemente. Creía ser inmune al fracaso.

Cinco minutos después se aproximaba a la finca de los Badgett. La verja estaba abierta. Había una cola de coches esperando ser admitidos por un guardia de seguridad al pie del largo y sinuoso camino de entrada. Evidentemente, los Badgett celebraban una fiesta.

Hans se sintió aliviado y decepcionado a la vez.

Telefonearé dejando un mensaje, pensó. Quizá, solo quizá, me concederán una prórroga.

Mientras daba la vuelta, intentó hacer caso omiso de la voz que le advertía de que la gente como los Badgett nunca concede prórrogas.


Sterling, Nor y Billy entraron por la puerta trasera de la mansión a tiempo de oír los insultos que estaba recibiendo el pastelero jefe. Sterling se apresuró hacia la cocina para ver qué estaba pasando y encontró al pastelero arreglando algo en las letras de la tarta de cumpleaños.



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