Al verlos llegar, su cara se iluminó de orgullo.

– Impresionante, ¿verdad? -dijo, besándose las yemas de los dedos-. Una obra maestra. Es lo mejor de toda mi carrera. Un tributo a su querida madre. Ah, y el sabor. Un sabor divino. Los invitados se relamerán con cada mordisco.

Junior y Eddie se acercaron con reverencia para contemplar la obra maestra pastelera. Luego, casi a la vez, empezaron a gritar:

– ¡Estúpido!

– ¡Gilipollas!

– ¡Majadero!

– ¡Es Heddy-Anna, no Betty-Anna! -le espetó Eddie-. ¡Mamá se llama Heddy-Anna!

El pastelero puso cara de incrédulo, arrugó la nariz y frunció el ceño, diciendo:

– ¿¿ ¿Heddy- Anna???

– ¡No te atrevas a burlarte del nombre de mamá! -chilló Eddie, y acto seguido sus ojos se llenaron de lágrimas.

Que no salga mal nada más, rezó Charlie Santoli, A esos dos les podría dar algo.


A Hans Kramer le supuso un esfuerzo supremo el mero hecho de iniciar el trayecto de quince minutos en coche desde su casa en Syosset hasta la mansión de los Badgett en Long Island Sound. ¿Por qué demonios se me ocurrió pedirles prestado?, se preguntó por enésima vez mientras se incorporaba a la autopista. ¿Por qué no me declaré en quiebra y acabé con todo?

Directivo del ramo de la electrónica, Hans había dejado su empleo con cuarenta y seis años, había cogido el dinero de su prejubilación y todos sus ahorros e hipotecado la casa para abrir una puntocom dedicada a la venta de software que él mismo diseñaba. Tras unos prometedores inicios, con un aluvión de pedidos y el almacén repleto de material, la industria tecnológica había caído en picado.

A partir de ahí, una cancelación tras otra. Desesperadamente necesitado de fondos, y en un último esfuerzo por mantener el negocio a flote, había aceptado un préstamo de los hermanos Badgett. Por desgracia, hasta el momento no le había servido de nada.



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