– Sí, poseen una docena de negocios legales -dijo O'Brien-. Es su manera de blanquear el dinero. Haré algunas llamadas. Los federales querrán tenerlos bajo vigilancia, pero esos tipos nunca se ensucian las manos.

Nor se frotó la frente. Parecía preocupada.

– Ya sé por qué me sonaba esa voz. Un momento. -Hizo señas a un camarero-. Sam, dile a Dennis que venga. Tú ocúpate de la barra.

O'Brien la miró.

– Es mejor que nadie sepa que oísteis esa conversación.

– Confío plenamente en Dennis -dijo Nor.

La mesa se está llenando, pensó Sterling. Tendré que levantarme. Notó que alguien apartaba la silla y se puso en pie de un salto. No quería que

Dermis se sentara en su regazo.

_… y, Dermis, estoy segura de haber oído esa voz aquí en el restaurante -concluyó Nor minutos después-. Tenía un acento especial. Sí, pudo ser cosa de los nervios, pero he pensado que quizá viene de vez en cuando y charla contigo en la barra.

Dennis negó con la cabeza.

– No se me ocurre quién puede ser. Pero hay una cosa: si ese Badgett hablaba en serio cuando decía lo de quemar un almacén, a ese tipo le va a cambiar el acento de golpe.

Todos rieron nerviosos.

Tratan de utilizar el humor para disimular que están muy inquietos, pensó Sterling. Si los hermanos Badgett son como los ha pintado O'Brien, y si Nor y Billy han de testificar sobre esa llamada… Pobre Marissa. Estaba tan contenta hoy.

O'Brien se levantó.

– He de hablar por teléfono -dijo-. ¿Puedo usar tu despacho, Nor?

– Desde luego.

– Tú y Billy venid conmigo. Quiero que os pongáis al teléfono y expliquéis exactamente lo que habéis oído.

– Yo vuelvo a la barra -dijo Dennis, retirando la silla.

Si yo estuviera vivo, esa silla me habría aplastado el dedo gordo, pensó Sterling.

– Nor, creía que tú y Billy ibais a hacer una actuación especial esta noche -dijo un cliente de una mesa cercana-. Hemos venido solo para oíros cantar.



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