
Sean O'Brien, inspector retirado, que estaba sentado a la barra.
Billy y Nor se miraron.
– Vaya pedirle que se siente con nosotros. Él sabrá lo que hay que hacer -propuso Billy.
Con una sonrisa forzada, Nor fue a sentarse a su mesa de siempre. Desde allí podía supervisar el negocio y saludar a su clientela. Sterling se sentó con ella en la misma silla que había ocupado unas horas antes.
Billy se acercó a la mesa acompañado de Sean O'Brien, un tipo fornido de cincuenta y tantos años, con una buena mata de pelo castaño entrecano, unos ojos despiertos y una sonrisa simpática.
– Felices fiestas, Nor -empezó, e inmediatamente presintió que algo andaba mal-. ¿Qué ocurre? -preguntó de sopetón mientras tomaba asiento.
– Los hermanos Badgett nos habían contratado para una fiesta que daban esta tarde -empezó Nor.
– ¿Los hermanos Badgett? -O'Brien arqueó una ceja, y escuchó con atención lo que le contaban sobre el mensaje en el contestador automático y la respuesta de Junior Badgett.
– La voz me sonaba -dijo Nor-. Estoy segura de que ese hombre ha venido aquí alguna vez.
– Los federales llevan años tratando de cazar a esos dos, Nor. Son más escurridizos que un pescado en aceite de oliva. Dos auténticos criminales. Si era una llamada local, no me extrañaría que mañana los periódicos hablen de un almacén consumido por el fuego.
– ¿Podemos hacer algo para impedírselo? -preguntó Billy.
– Yo puedo avisar a los federales, pero esta gente casi no da abasto. Sabemos a ciencia cierta que tienen gente apostada en Las Vegas y Los Ángeles. Ese mensaje pudo venir de cualquier parte, pero independientemente de eso, el almacén no tiene por qué estar en esa zona.
– Yo no sabía que los Badgett eran tan mala gente -dijo Billy-. Uno oye rumores, pero que yo sepa tienen concesionarios de coches y de yates…
