
Se sentó en la misma silla que ocuparía al cabo de un año, cuando hablara con Marissa por primera vez. Parece un ángel, pensó tiernamente mientras la contemplaba. Ojalá no tuviera que pasar por lo que se le avecina. Ojalá tuviera yo el poder de que nada alterara su mundo de ahora. Pero no es así, de modo que el año que viene haré lo posible por enmendar la situación. Por las buenas o por las malas, decidió.
Y no solo porque yo quiera entrar en el cielo. Deseo realmente ayudarla. Se la ve tan pequeña, tan vulnerable. Cuesta creer que sea la misma niña que hoy estaba intentando llevar la voz cantante en Nor's Place, y que no perdió tiempo en telefonear a su padre para que le contara cómo había ido la fiesta.
Con una sonrisa que terminó en suspiro, Sterling se levantó y salió de la habitación. Yendo por el pasillo oyó llorar a uno de los mellizos. El otro le hizo coro poco después.
Menos mal que no me necesitan, pensó. Un instante después Roy salía del dormitorio y entraba en el cuarto de los pequeños.
– Roy Junior, Robert, tranquilos: papá está aquí.
Denise lo tiene bien entrenado, pensó Sterling.
Mis amigos solían hacerse el sueco cuando sus hijos empezaban a berrear en mitad de la noche. Los tiempos han cambiado.
Yo era hijo único, pensó mientras bajaba las escaleras. Mis padres tenían más de cuarenta años cuando vine al mundo. Me convertí en el centro de su universo. Ellos ya estaban en el cielo mucho antes de que yo llegara a la sala de espera.
Cuánto me gustaría volver a ver a mis padres, pensó, mirando de nuevo hacia el cielo.
Sterling consultó el mapa antes de salir de la casa y se encaminó al restaurante de Nor. Mientras andaba por las calles, experimentó una súbita sensación de apremio. Pese a que no parecía venir de ningún lugar cercano, estaba empezando a oler a humo.
