
Al llegar a las proximidades de la casa de Marissa, Sterling vio que todo parecía en calma. La casa estaba totalmente a oscuras, salvo por una luz tenue que iluminaba una ventana del piso de arriba.
Mi madre solía dejar encendida la luz del pasillo, recordó. Y también me dejaba la puerta ligeramente entornada para que pudiera ver luz. Yo era un gallina, pensó sonriendo. A pesar de la luz, hasta los diez años dormí siempre abrazado a mi osito.
Al reparar en un pequeño rótulo indicando que la casa estaba preparada contra intrusos, entró sin molestarse en abrir la puerta por si la alarma estaba conectada. Tenía la impresión de que los del Consejo querían que actuara como un humano cualquiera salvo cuando eso le impedía hacer su cometido, pero seguro que si algo no deseaban era que las alarmas empezaran a dispararse.
Subió la escalera de puntillas y salvó la cancela instalada por Roy, levantando una pierna. Pero ¿qué edad se ha creído que tienen sus hijos?, pensó al sentir que se le enganchaba la vuelta del pantalón. Un segundo después caía de bruces al suelo del pasillo.
Menos mal que yo no hago ruido, pensó mientras miraba al techo. El sombrero le había volado de la cabeza. Se levantó despacio, notando un leve tirón en la espalda. Una vez recuperado el sombrero, reanudó su intento de ver a Marissa.
Su dormitorio estaba al fondo del pasillo. Todas las puertas estaban un poco entornadas. Del dormitorio principal llegaba un suave ronquido. Al pasar por el cuarto de los mellizos, oyó que uno de ellos se agitaba en sueños. Sterling dudó y aguzó los oídos, pero le pareció que el niño se volvía a dormir.
Pese a que la noche empezaba a nublarse, todavía había luz para permitirle ver la cara de Marissa. Estaba hecha un ovillo en la cama, con el pelo sobre una mejilla.
Un montón de cajas que había en una esquina daba fe de que Marissa había tenido muchos regalos por Navidad y por su cumpleaños. No era de extrañar, se dijo Sterling. También a mí me gustaría regalarle alguna cosa.
