Cogíamos la familiar con paneles de madera de su padre, que no era precisamente un «imán de chicas», e intentábamos colarnos en alguna fiesta. Nos dejaban entrar, pero realmente no éramos bien recibidos; éramos miembros de la mayoría del instituto que yo llamaba los Grandes Invisibles. Nos quedábamos en los rincones, con una cerveza en la mano, moviendo la cabeza al ritmo de la música, e intentando hacernos ver por todos los medios. Nunca nos veían. Casi siempre acabábamos comiendo queso asado en el Heritage Diner; o, con suerte, en el campo de fútbol, detrás del instituto Benjamín Franklin, echados boca arriba, observando las estrellas. Era más fácil hablar, incluso con tu mejor amigo, mientras mirabas las estrellas.

– Veamos -dijo Lenny, gesticulando mucho como siempre-, se trata de esto: no quiero que hables más con la Policía si no estoy yo delante.

Fruncí el entrecejo.

– ¿En serio?

– Puede que no sea nada, pero he visto casos así. No como éste, pero ya sabes a qué me refiero. El primer sospechoso es siempre de la familia.

– Es decir, mi hermana.

– No; es decir, la familia próxima. O la familia más próxima, si es posible.

– ¿Estás diciendo que la Policía sospecha de mí?

– No lo sé, la verdad es que no. -Calló un momento y añadió-: Bueno, sí, seguramente.

– Pero me dispararon, ¿recuerdas? Fue a mi hija a la que se llevaron.

– Sí, señor, y eso es un arma de dos filos.

– ¿Y por qué?

– Cada día van a sospechar más de ti.

– ¿Por qué? -pregunté.

– No lo sé. Pero así es como funciona. Mira, el FBI se encarga de los secuestros. Ya lo sabes, ¿no? En cuanto un niño falta más de veinticuatro horas, asume que es un caso interestatal y por lo tanto suyo.

– ¿Y qué?

– Pues que durante aproximadamente los primeros diez días, tuvieron un montón de agentes aquí. Pincharon tus teléfonos y esperaron una petición de rescate, o algo parecido.



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