
– Veamos -dijo Lenny, gesticulando mucho como siempre-, se trata de esto: no quiero que hables más con la Policía si no estoy yo delante.
Fruncí el entrecejo.
– ¿En serio?
– Puede que no sea nada, pero he visto casos así. No como éste, pero ya sabes a qué me refiero. El primer sospechoso es siempre de la familia.
– Es decir, mi hermana.
– No; es decir, la familia próxima. O la familia más próxima, si es posible.
– ¿Estás diciendo que la Policía sospecha de mí?
– No lo sé, la verdad es que no. -Calló un momento y añadió-: Bueno, sí, seguramente.
– Pero me dispararon, ¿recuerdas? Fue a mi hija a la que se llevaron.
– Sí, señor, y eso es un arma de dos filos.
– ¿Y por qué?
– Cada día van a sospechar más de ti.
– ¿Por qué? -pregunté.
– No lo sé. Pero así es como funciona. Mira, el FBI se encarga de los secuestros. Ya lo sabes, ¿no? En cuanto un niño falta más de veinticuatro horas, asume que es un caso interestatal y por lo tanto suyo.
– ¿Y qué?
– Pues que durante aproximadamente los primeros diez días, tuvieron un montón de agentes aquí. Pincharon tus teléfonos y esperaron una petición de rescate, o algo parecido.
