
– ¿Seguro que no quieres quedarte con nosotros? -preguntó Lenny.
– Tienes cuatro hijos -le recordé.
– Ah. Sí, es verdad -dijo, y luego calló-. ¿Puedo quedarme yo contigo?
Intenté sonreír.
– En serio -dijo Lenny-, no deberías estar solo en casa.
– No te preocupes por mí.
– Cheryl te ha preparado algunos platos. Los ha puesto en el congelador.
– Es muy amable.
– Sigue siendo la peor cocinera del mundo -dijo Lenny.
– No he dicho que fuera a comérmelos.
Lenny apartó la mirada, y se afanó con una bolsa ya llena. Le observé. Nos conocemos desde hace mucho, desde la clase de la señorita Roberts en primer curso, de modo que no creo que se sorprendiera cuando dije:
– ¿Vas a decirme qué pasa?
Había estado esperando una oportunidad y explotó inmediatamente.
– Mira, soy tu abogado, ¿no?
– Sí.
– Pues quiero darte unos consejos legales.
– Te escucho.
– Debería habértelo dicho antes. Pero sabía que no me escucharías. De todos modos, creo que ahora se trata de otra cosa.
– ¿Lenny?
– ¿Sí?
– ¿De qué estás hablando?
A pesar de su físico, yo sigo viendo a Lenny como un niño. Por eso me costaba tomarme en serio sus consejos. Pero no hay que malinterpretar lo que digo. Sé que es muy listo. Lo celebré con él cuando le aceptaron en Princeton y luego en la Facultad de Derecho de Columbia. Pasamos el examen para entrar en la universidad juntos y estuvimos en la misma clase de química durante nuestro primer año. Pero el Lenny que veía era el que paseaba desesperadamente en las noches bochornosas de viernes y sábados.
