– ¿Doctor Seidman?

Volví la cabeza hacia la puerta. Una mujer menuda con una bata quirúrgica, gorro incluido, entró en la habitación. Llevaba la parte superior de la máscara desatada y colgando del cuello. Tengo treinta y cuatro años. Ella aparentaba la misma edad.

– Soy la doctora Heller -dijo, acercándose-. Ruth Heller. -Me daba su nombre de pila. Cortesía profesional, sin duda. Ruth Heller me examinó con la mirada. Intenté concentrarme. Seguía con el cerebro desorientado, pero empezaba a sentir que funcionaba-. Está en el Hospital Saint Elizabeth -dijo con la gravedad apropiada en la voz.

Se abrió la puerta detrás de ella y entró un hombre. Me costaba verlo con claridad a través de la cortina de ducha, pero no creo que le conociera. El hombre se cruzó de brazos y se apoyó en la pared con una naturalidad estudiada. Pensé que no era médico. Cuando hace tiempo que trabajas con ellos, los distingues.

La doctora Heller miró al hombre por encima y volvió a dedicarme toda su atención.

– ¿Qué ha sucedido? -pregunté.

– Le dispararon -dijo ella. Y añadió-: Dos tiros.

Esperó un momento. Miré al hombre apoyado en la pared. No se había movido. Abrí la boca para decir algo, pero Ruth Heller siguió hablando:

– Una bala le rozó el cráneo. La bala le arañó literalmente el cuero cabelludo, que, como usted sabe, contiene mucha sangre.

Lo sabía, sí. Las heridas graves del cuero cabelludo sangran como una decapitación. Entendido, eso explica el picor de la cabeza. Cuando vi que Ruth Heller dudaba, insistí:

– ¿Y la otra bala?

Heller soltó un poco de aire.

– Ésta fue más complicada.

Esperé.

– La bala entró en el pecho y le pinchó el saco pericardial. Esto provocó que gran cantidad de sangre se filtrara en el espacio entre su corazón y el saco. Los enfermeros tuvieron dificultades para encontrar sus signos vitales. Tuvimos que abrirle el pecho…



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