– ¿Doctora? -interrumpió el hombre apoyado en la pared, y por un momento creí que se dirigía a mí. Ruth Heller calló, sin disimular su enojo. El hombre se apartó de la pared-. ¿Puede contarle los detalles más tarde? El tiempo es vital en este momento.

Ella le echó una mirada de pocos amigos, pero sin demasiada convicción.

– Me quedaré a observar -dijo-, si no le importa.

La doctora Heller retrocedió y el hombre se colocó delante de mí. Tenía la cabeza tan grande en proporción a sus hombros que daba la sensación de que el cuello podría partírsele con el peso. Llevaba el pelo muy corto, excepto por delante, donde un flequillo de César le llegaba hasta los ojos. Una perilla, con muy poco pelo, le marcaba la barbilla como un insecto cavando una madriguera. En conjunto, parecía un miembro de una banda juvenil reformado. Me sonrió, pero sin ningún calor.

– Soy el detective Bob Regan, del Departamento de Policía de Kasselton -dijo-. Sé que está desorientado.

– Mi familia… -empecé.

– Ya llegaremos a eso -interrumpió-. Ahora mismo necesito hacerle unas preguntas, ¿de acuerdo? Antes de entrar en detalles de lo que sucedió.

Esperó a que le respondiera. Intenté deshacerme de las telarañas y dije:

– De acuerdo.

– ¿Qué es lo último que recuerda?

Rebusqué en las orillas de mi memoria. Recordaba haberme levantado aquella mañana y haberme vestido. Recordaba haber ido a ver a Tara. Recordaba haber puesto en marcha su móvil blanco y negro, un regalo de un colega que insistió en que aquello estimularía el cerebro del bebé o algo por el estilo. El móvil no se había movido ni había emitido su cancioncita. Las pilas estaban gastadas. Tomé nota mentalmente de que tenía que cambiarlas. Después de aquello bajé.

– Que comía una barrita de cereales -dije.

Regan asintió con la cabeza, como si ya se esperara aquella respuesta.



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