– ¿Por qué?

– Por si llamaba alguien pidiendo un rescate -contestó.

– ¿Ha habido alguna llamada?

– No, todavía no.

Volví a apoyar la cabeza en la almohada. Doce días. Había estado doce días en aquella cama mientras mi pequeña estaba… aparté el pensamiento.

Regan se rascó la barba.

– ¿Recuerda lo que Tara llevaba puesto aquel día?

Me acordaba. Tenía una cierta rutina matinal: levantarme temprano, acercarme sigilosamente a la cuna de Tara, mirarla. Un bebé no son sólo alegrías. Ya lo sé. Sé que hay momentos de aburrimiento mortal. Sé que hay noches en que su llanto te ataca los nervios como un rallador de queso. No pretendo glorificar la vida con un bebé. Pero a mí me gustaba mi nueva rutina matinal. Mirar el diminuto bulto de Tara me daba fuerzas. Más que esto, creo que era una forma de éxtasis. Algunas personas encuentran el éxtasis en una casa de culto. Yo… -y sé que suena cursi- lo encontraba en aquella cuna.

– Un pelele rosa con pingüinos negros -dije-. Monica lo compró en Baby Gap.

Lo apuntó.

– ¿Y Monica?

– ¿Qué?

Seguía mirando el cuaderno.

– ¿Qué llevaba puesto ella?

– Vaqueros -dije, recordando la forma en que subían por las caderas de Monica-, y una blusa roja.

Regan hizo más anotaciones.

– ¿Tiene… ha encontrado alguna pista? -pregunté.

– Seguimos investigando todas las posibilidades.

– No es lo que le he preguntado.

Regan se limitó a mirarme. No era una mirada muy transparente.

Mi hija. Por ahí. Sola. Desde hacía doce días. Pensé en sus ojos, en la luz cálida que sólo ve un padre, y dije algo estúpido:

– Está viva.

Regan ladeó la cabeza como un cachorrillo al oír un nuevo sonido.

– No abandone -dije.

– No abandonaré -contestó, y siguió mirándome de aquella forma curiosa.

– Es que… ¿tiene hijos, detective Regan?

– Dos niñas -dijo.



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