
– Sí, por supuesto. ¿Dónde está?
Regan cerró el cuaderno de golpe.
– No estaba en la casa cuando llegamos.
Los pulmones se me petrificaron.
– No lo entiendo.
– Primero teníamos la esperanza de que estuviera en casa de algún familiar o amigo. Incluso una canguro, pero… -Calló.
– ¿Me está diciendo que no sabe dónde está Tara?
Esta vez no vaciló.
– Sí, es lo que le estoy diciendo.
Sentí como si una mano gigante oprimiera mi pecho. Cerré los ojos con fuerza y pregunté:
– ¿Desde cuándo?
– ¿Desde cuándo está desaparecida?
– Sí.
La doctora Heller empezó a hablar demasiado aprisa.
– Compréndalo. Estaba gravemente herido. No teníamos muchas esperanzas de que sobreviviera. Estaba conectado a un respirador. Los pulmones no le funcionaban. Además, contrajo una septicemia. Usted es médico, de modo que no tengo que explicarle la gravedad de su situación. Intentamos ir rebajando la medicación, despertarle…
– ¿Desde cuándo? -repetí.
Ella y Regan intercambiaron otra mirada, y entonces Heller dijo algo que volvió a dejarme sin aire.
– Ha estado usted doce días inconsciente.
Capítulo 2
– Hacemos cuanto podemos -dijo Regan con una voz que sonaba demasiado ensayada, como si hubiera estado junto a mi cama, mientras yo estaba inconsciente, practicando para el momento-. Como le he dicho, al principio no sabíamos si se trataba de una desaparición. En este sentido perdimos un tiempo precioso, pero ahora lo hemos recuperado. Hemos mandado la foto de Tara a todas las comisarías, aeropuertos, peajes, y estaciones de tren y autobús, en un radio de ciento cincuenta kilómetros. Hemos buscado antecedentes de casos de secuestros parecidos, para intentar encontrar una pauta o a un sospechoso.
– Doce días -repetí.
– Hemos pinchado todos sus teléfonos: el de casa, el de la consulta, el móvil…
