Tardó exactamente veinticuatro minutos desde el momento en que colgó el teléfono hasta que pasó por las puertas de doble batiente de la antesala de la oficina del jefe, en la sexta planta del Parker Center. Pensó que tenía que haber batido algún récord, sin contar con que había aparcado en zona prohibida en Los Ángeles Street, enfrente del cuartel general de la policía. Si conocían su número de móvil, seguramente sabrían la hazaña que representaba llegar desde las colinas de Hollywood al despacho del jefe en menos de media hora.

Sin embargo, el ayudante, un teniente llamado Hohman, lo miró con desinterés y le señaló un sofá de vinilo en el que ya había otras dos personas esperando.

– Llega tarde -dijo-: Tome asiento.

Bosch decidió no protestar para no empeorar las cosas. Se acercó al sofá y se sentó entre los dos hombres de uniforme, que se habían apoderado de los reposabrazos. Estaban sentados muy erguidos y en silencio. Supuso que también habían recibido un dos-seis.

Pasaron diez minutos. Los hombres que lo flanqueaban fueron llamados antes que Bosch y cada uno de ellos despachó con el jefe por espacio de cinco minutos pelados. Mientras el segundo hombre estaba en el despacho, Bosch oyó que levantaban la voz en el sanctasanctórum, y cuando el agente salió estaba lívido. De algún modo, la había cagado a los ojos del jefe y corría la voz -el rumor incluso se había filtrado a Bosch en su retiro- de que el nuevo hombre fuerte no toleraba las cagadas a la ligera. Bosch había leído un artículo en el Times acerca de un alto cargo que había sido degradado por no informar al jefe de que, el hijo de un concejal normalmente posicionado contra el departamento había sido detenido por conducir bajo los efectos del alcohol. El jefe sólo lo descubrió después de que el concejal llamara para quejarse de acoso, como si el departamento hubiera obligado a su hijo a tomarse seis martinis de vodka en el bar Marmount y conducir hacia su casa a



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