
Finalmente, Hohman colgó el teléfono y señaló con el dedo a Bosch. Su turno. Rápidamente fue conducido al despacho en esquina con vistas a la Union Station y las vías del tren que la rodeaban. Era una vista decente, pero no fantástica. Claro que carecía de importancia, porque el edificio Iba a ser demolido pronto. El departamento se trasladaría a unas oficinas provisionales mientras se construía un cuartel general de la policía nuevo y moderno en el mismo sitio. El actual cuartel general era conocido como la Casa de Cristal por los mandos y los agentes, supuestamente porque en su interior no era posible mantener secretos. Bosch se preguntó cómo llamarían a la siguiente sede.
El jefe de policía estaba sentado detrás de un gran escritorio, firmando papeles. Sin levantar la mirada de su trabajo, le pidió a Bosch que se sentara al otro lado de la mesa. Al cabo de treinta segundos, el jefe firmó su último documento y miró a Bosch. Sonrió.
– Quería recibirle y felicitarle por su regreso al departamento.
Su voz estaba caracterizada por un acento del Este. A Bosch no le molestó. En Los Ángeles todo el mundo era de algún otro sitio. O al menos lo parecía. Este hecho constituía la fuerza y al mismo tiempo la debilidad de la ciudad.
– Es agradable haber vuelto -dijo Bosch.
– Entiende que está aquí con mi beneplácito.
No era una pregunta.
– Sí, señor, lo entiendo.
– Obviamente, estudié a conciencia su solicitud antes de aprobar su regreso. Me inquietaba su…, digamos, estilo, pero finalmente su talento inclinó la balanza. También puede agradecérselo a su compañera, Kizmin Rider, por defender su causa. Es una buena agente y confío en ella. Y ella confía en usted.
