– Cambié el nombre de la unidad cuando entré en el departamento. No son casos apagados, detective. Nunca dejan de arder. No para alguna gente.

– Eso lo entiendo.

– Entonces baje allí y resuelva casos. Ése es su arte. Por eso lo necesitamos, y por eso está aquí. Por eso me arriesgo con usted. Muéstreles que no olvidamos. Muéstreles que en Los Ángeles los casos no se enfrían ni se apagan.

– Lo haré.

Bosch lo dejó allí, todavía de pie y quizás acechado por las voces. Como él mismo. Harry pensó que tal vez por primera vez había conectado a cierto nivel con el hombre que regía los destinos del departamento. En el ejército se dice que entras en la batalla y luchas y estás dispuesto a morir por los hombres que te envían. Bosch nunca sintió eso cuando avanzaba en la oscuridad de los túneles de Vietnam. Había sentido que estaba solo y que estaba luchando por sí mismo, por permanecer vivo. Lo mismo había sentido en el departamento, y en ocasiones había adoptado el punto de vista de que estaba luchando a pesar de los hombres de arriba. Quizás en esta ocasión las cosas serían diferentes.

En el pasillo pulsó el botón del ascensor con más fuerza de la necesaria. Se sentía demasiado nervioso y enérgico, y conocía el motivo. El coro de las voces olvidadas. El jefe parecía conocer la canción que entonaban. Y Bosch, ciertamente, también. Había pasado la mayor parte de su vida escuchando esa canción.

2

Bosch bajó en el ascensor un solo piso, hasta el quinto. Ése también era territorio desconocido para él. La quinta siempre había sido una planta civil. Básicamente albergaba muchas de las oficinas administrativas de nivel medio y bajo del departamento, la mayoría de ellas llenas de empleados no juramentados, encargados de los presupuestos, analistas, chupatintas. Civiles. Antes nunca había tenido ningún motivo para ir a la quinta.



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