– ¿Señor?

– Quiero que esté presente. Quiero que vea la abnegación en los rostros de nuestros jóvenes. Quiero que vuelva a familiarizarse con las tradiciones de este departamento. Creo que puede ayudarle, ayudarle a recuperar la abnegación.

– Si quiere que esté presente, allí estaré.

– Bien. Le veré el viernes. Estará en la tribuna de personalidades como invitado mío.

El jefe escribió un recordatorio de la invitación en el cuaderno que tenía a su lado en el cartapacio. Después dejó el bolígrafo y levantó la mano para señalar a Bosch con un dedo. Su mirada adoptó una especial intensidad.

– Escúcheme, Bosch. Nunca rompa la ley para obligar a cumplir la ley. En todo momento haga su trabajo de acuerdo con la Constitución y compasivamente. No aceptaré otros modos. Esta ciudad no aceptará ningún otro modo. ¿Estamos de acuerdo en eso?

– Estamos de acuerdo.

– Entonces hemos terminado.

Bosch se levantó. El jefe lo sorprendió cuando se levantó a su vez y extendió la mano. Bosch pensó que quería saludarle y le tendió la suya. El jefe del departamento le puso algo en la palma, y Bosch miró y vio su chapa dorada de detective. Había recuperado su viejo número. No se lo habían dado a otro. Casi sonrió.

– Llévela como merece -dijo el jefe de policía-. Y con orgullo.

– Lo haré.

Esta vez sí se estrecharon las manos, pero al hacerla el jefe no sonrió. -El coro de las voces olvidadas -dijo.

– ¿Disculpe, jefe?

– Es lo que me vino a la cabeza cuando pensé en los casos que hay en Casos Abiertos. Es una casa de los horrores. Nuestra mayor vergüenza. Todas esas voces. Cada una de ellas es como una piedra arrojada a un lago. Las ondas se extienden a través del tiempo y de las personas. Familias, amigos, vecinos… ¿Cómo podemos considerarnos una ciudad cuando hay tantas ondas, cuando este departamento ha olvidado tantas voces?

Bosch soltó la mano del jefe y no dijo nada. No tenía respuesta para esa pregunta.



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