No había ventanas; en los puntos donde deberían haber estado, había tablones de anuncios o fotografías de escenas de crímenes de muchos años atrás, bellamente enmarcadas. Bosch sabía que, en aquellas imágenes en blanco y negro, los fotógrafos habían antepuesto sus dotes artísticas a sus deberes clínicos. Las sombras daban ambiente a la imagen, pero ocultaban demasiados detalles de la escena del crimen.

Al parecer, Rider adivinó que estaba mirando las fotos.

– Me dijeron que ese escritor James Ellroy las eligió y las hizo enmarcar para la oficina -dijo.

Kizmin Rider lo condujo en torno a una mampara que dividía la sala en dos y le hizo pasar a un espacio donde habían juntado dos mesas de acero grises para que los detectives se sentaran uno enfrente de otro. Rider dejó su café en una de ellas. Ya había carpetas apiladas y objetos personales como una taza llena de bolígrafos y un marco situado en un ángulo que impedía ver la foto que contenía. Había asimismo un ordenador portátil abierto y zumbando en la mesa. Ella se había trasladado a la brigada la semana anterior, mientras Bosch todavía estaba solucionando trámites como la revisión médica y el papeleo final que lo llevó de nuevo al trabajo.

La otra mesa estaba limpia y vacía. Esperándole. Bosch se colocó detrás de ella y dejó su café. Contuvo la sonrisa lo mejor que pudo.

– Bienvenido otra vez, Roy -dijo Rider.

El comentario suscitó la sonrisa. A Bosch le hizo sentir bien que lo llamaran Roy otra vez. Era una tradición que seguían muchos detectives de Homicidios de la ciudad. Muchos años atrás había trabajado en la División de Hollywood un legendario agente de Homicidios llamado Russell Kuster. Era el profesional por excelencia, y muchos de los detectives que ahora investigaban los homicidios cometidos en Los Ángeles habían estado bajo su tutela en uno u otro momento.



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