
Se sentó. La silla era vieja y estaba abollada, lo que garantizaba que le daría dolor de espalda si pasaba mucho tiempo sentado en ella. Pero esperaba que ése no fuera el caso. En su primer paso por la Brigada de Homicidios había vivido según el adagio: «Levanta el trasero y sal a la calle». No veía ninguna razón para que las cosas cambiaran en esta ocasión.
– ¿Dónde está todo el mundo? -preguntó.
– Desayunando. Se me olvidó. La semana pasada me dijeron que la costumbre es que los lunes por la mañana todos se reúnen antes para desayunar. Normalmente van al Pacifico No me he acordado hasta que he entrado aquí esta mañana y no he encontrado a nadie, pero no creo que tarden.
Bosch sabía que el Pacific Dining Car era desde hacía mucho tiempo uno de los lugares preferidos de los mandamases del departamento y de la División de Robos y Homicidios. También sabía algo más.
– Doce pavos por un plato de huevos. Supongo que eso significa que en la brigada se permiten las horas extras.
Rider sonrió para confirmarlo.
– No te equivocas. Pero de todas formas no habrías podido terminarte los huevos después de recibir la llamada del jefe.
– Te has enterado, ¿eh?
– Todavía tengo una oreja en la sexta. ¿Te han dado la placa?
– Sí, él me la dio.
– Le dije qué número querías. ¿Te lo ha dado?
