– Desafortunadamente no todo lo que habría deseado. Anoche la encontré esperándome en mi antecámara. Me dio un buen susto, se lo aseguro. Sobre todo porque acababa de despedirme de mi amante y estaba profundamente agotado. Maldita sea, una esposa no debe proferir tales demandas ni albergar tales expectaciones.

– Mi esposa hizo exactamente lo mismo la semana pasada -se oyó decir a un tercer susurro ofendido-. Entró en mi alcoba con todo el descaro que pueda imaginarse, me empujó contra el colchón y luego… bueno, el único modo en que me atrevo a describirlo es diciendo que saltó sobre mí. Me dejó los pulmones sin una gota de aire y a punto estuvo de aplastarme. Allí tumbado, inmóvil bajo aquel estado de profunda conmoción, luchando por recuperar el aliento, va ella y me dice con el más impaciente de los tonos: «Mueve un poco el culo». ¿Pueden acaso imaginar acto y palabras más indignos? Y, entonces, justo cuando creí que ya nada podía causarme mayor perplejidad, exigió saber por qué yo nunca…

La voz se apagó aún más y lady Catherine Ashfield, vizcondesa de Bickley, se inclinó más sobre el biombo oriental que ocultaba su presencia de los hombres que hablaban al otro lado.

– …tenemos que detener a ese tal Charles Brightmore -susurró uno de los caballeros.

– Estoy de acuerdo. Un desastre de proporciones tremendas, eso es lo que nos ha causado. Ni que decir tiene que, si mi hija lee esa maldita Guía, no casaré jamás a la tontuela muchacha. Independencia, sin duda. Completamente insoportable. Esta Guía podría ser peor que el levantamiento incitado por las escrituras de esa tal Wollstonecraft. No son más que ridículos disparates reformistas.

La declaración encontró eco en los murmullos de conformidad. El susurrante prosiguió:

– En cuanto a la alcoba, las mujeres están exigiendo ya suficientes chiquilladas, reclaman constantemente nuevos vestidos, pendientes, carruajes y demás. Es un ultraje que sus expectativas se extiendan a esa parcela. Sobre todo cuando se trata de una mujer de la edad de mi esposa, madre de dos hijos mayores. Indecente, eso es lo que es.



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