
– No podría estar más de acuerdo. Si llego a encontrarme en compañía del bastardo ese de Brightmore, le retorceré el cuello personalmente. Emplumarlo no me parece suficiente para él. Todo el mundo con quien he hablado parece ser de la opinión que Charles Brightmore es un seudónimo, y, siendo como es un cobarde, se niega a dar la cara e identificarse. El libro de apuestas de White's es un auténtico frenesí de apuestas sobre su identidad. Malditos sean todos. ¿Qué clase de hombre es capaz de pensar, por no hablar ya de escribir, ideas tan impropias?
– Bueno, he pasado por White's justo antes de venir aquí, y la última teoría propone la posibilidad de que el tal Charles Brightmore sea en realidad una mujer. De hecho, he oído…
Las palabras veladas del caballero quedaron sofocadas por el estallido de una cercana risa femenina. Catherine se acercó aún más hasta casi pegar la oreja al biombo.
– …y, de ser cierto, sería el escándalo del siglo. -Oyó entonces más murmullos ininteligibles, y luego-:…contratado a un detective hace dos días para llegar al fondo del asunto. Es un hombre altamente recomendado… despiadado, y dará con la verdad. De hecho… oh, maldición, me ha visto mi esposa. Un momento, miren cómo revolotean sus pestañas al mirarme. Chocante, eso es lo que es. Espantoso. Y definitivamente aterrador.
Catherine echó una mirada por el borde del panel. Lady Markingworth estaba en uno de los extremos del salón de baile con sus rotundas proporciones embutidas en un desafortunado vestido de satén verde amarillento que daba a su rostro un tinte claramente cetrino. Llevaba el cabello castaño dispuesto en un complicado peinado que incluía tirabuzones y lazos y plumas de pavo real. Con su atención fija en el lado opuesto del biombo, lady Markingworth parpadeaba como si hubiera sido sorprendida en una tormenta de viento plagada de polvo. Entonces, con aire decidido, se encaminó hacia allí.
