Había comprado un vestido nuevo y dedicado horas a arreglarse el pelo y a perfeccionar el maquillaje. Seguro que esa noche se fijaría en ella, ¿llegaría incluso a pedirle que se quedara en Italia? El corazón rebosaba felicidad al bajar a la terraza donde la aguardaba.

Él vestía para la ocasión. Nunca antes lo había visto ataviado de manera formal, y le impresionó lo atractivo del contraste de la camisa blanca con su piel cetrina. Franco alzó la vista, sonrió y enarcó una ceja apreciando su aspecto.

– ¿Así, piccina, que esta noche has decidido conquistar el mundo? -bromeó.

– Sólo me he arreglado un poco -comentó con indiferencia, pero con la horrible sensación de que sonaba tan torpe como se sentía.

– Romperás todos los corazones -prometió él.

– No me importan todos los corazones -se encogió de hombros.

– Sólo el que tú quieres, ¿eh?

Con súbito entusiasmo se preguntó si sospecharía algo. ¿Era ése su modo de indicarle que al fin había notado su presencia?

– Tal vez aún no he decidido cuál es el que quiero -coqueteó, mirándolo.

– Quizá deba ayudarte a decidirlo -alargó la mano para tomarle la barbilla, y ella se llenó de feliz expectación.

¡Al fin! Aquello por lo que había rezado, llorado, anhelado, sucedería. Iba a besarla. Al levantarle el mentón y acercar su boca a la suya, Joanne se sintió en el cielo. Alzó las manos y con gesto tentativo le tocó los brazos.

Y de pronto el momento le fue arrebatado. Se oyó una pisada en el vestíbulo y la voz de una mujer flotó hasta ellos.

– Lamento llegar sin avisar…

Franco se detuvo, su boca a dos centímetros de Joanne, alertado por la voz. Ella notó que una sacudida le recorría el cuerpo. Franco sólo había oído la voz de Rosemary, pero ya un timbre especial en ella pareció aventurarle lo que iba a pasar. Se apartó de Joanne y avanzó hacia la puerta.



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