Al siguiente instante apareció Rosemary. Joanne supo que él se había quedado sin aliento, como un hombre paralizado entre dos vidas. Más adelante ella comprendió que eso era literalmente cierto. Franco había visto su destino aparecer por la puerta, y al momento reconoció a Rosemary como la mujer de su vida. Dejó de ser el mismo hombre.

Atontada, casi sin poder comprender lo que había pasado, Joanne se volvió para ver a Rosemary mirar a Franco con la misma expresión. Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos, y no había nada que se pudiera hacer al respecto.

Se produjeron las presentaciones y Rosemary abrazó a Joanne sin apartar la vista de Franco. Él parecía un hombre sumido en un trance. Fue idea suya que Rosemary los acompañara a la fiesta. Joanne quiso llorar después de haber llegado tan cerca de su deseo. Pero no tenía sentido. Incluso ella podía comprender que lo que pasaba siempre había estado escrito.

En la fiesta Franco monopolizó a su prima. Sus buenos modales hicieron que cuidara de que Joanne estuviera a gusto y no se sintiera sola. Aunque eso era imposible, ya que era muy popular. Bailó todos los temas, decidida a no mostrar que su corazón se estaba rompiendo, y cuando Franco comprobó que no le faltaban parejas, se olvidó de ella y dedicó cada momento a Rosemary.

Muchas veces se preguntó que habría pasado si Rosemary la hubiera visto en brazos de Franco. ¿Lo habría tomado, sabiendo cuánto lo amaba Joanne? Se trataba de una pregunta académica. Franco no se apartó de ella en los días siguientes. Hasta llegar al puerto seguro de su amor, había sido como un hombre impulsado por demonios.

Aún le producía dolor recordar cómo se había apartado de la pista para encontrarlos abrazados en la oscuridad. Retrocedió, pero no antes de oírlo murmurar: «Mi amore…, te amaré hasta que muera», y ver la pasión con que la besaba. Fue tan distinto del beso inocente que casi le había dado a ella; huyó anegada en lágrimas.



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