Entonces Rosemary fue a Inglaterra de visita, llevando consigo a su hijo de cinco años. Se quedaron con Joanne durante una semana, y ellas recuperaron parte de su vieja intimidad. Por la noche charlaban horas enteras. Joanne quedó encantada con el pequeño. Parecía inglés, pero exhibía el carácter abierto de su padre italiano, y se acomodaba en su regazo tan contento como en el de su madre.

Rosemary los contemplaba con afecto, mientras hablaba de su vida en Italia con el marido al que adoraba. El único inconveniente era la continua hostilidad de Sofía.

– No sé qué habría hecho si no se hubiera vuelto a casar -confesó-. Me odia.

– Pero si siempre le insistía a Franco para que se casara -recordó Joanne.

– Sí, pero quería elegirle esposa. Habría escogido a una chica de la zona que no habría podido competir con ella por su corazón, y que le habría dado montones de nietos. Franco quiere a los niños. Sofía nunca me permite olvidar que sólo he logrado darle uno. Mira que no he dejado de intentar hacerme su amiga, pero es inútil. Me odia porque Franco me ama mucho, y eso no puedo cambiarlo… aunque lo deseara.

Esas palabras hicieron que Joanne rememorara el cambio que Sofía tuvo con ella sin advertencia previa. Hasta entonces se había mostrado bastante amigable, a su manera seca, hasta que un día la descubrió mirando a Franco con ojos anhelantes. A partir de ese momento se mostró fría, como si sólo ella pudiera quererlo.

El rostro de Rosemary se mostraba radiante al hablar de su marido.

– Jamás pensé que pudiera existir tanta felicidad -se maravilló-. Cariño, ojala te suceda también a ti.



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