
Rosemary se mantuvo en contacto mediante esporádicas llamadas telefónicas y largas cartas. Joanne sabía todo lo que pasaba en la casa Farelli, casi tan bien como si viviera allí. Renata se casó con un marchante de arte y se fue a vivir a Milán. El padre de Franco murió. Dos años más tarde su madre fue a visitar a su hermana a Nápoles, donde conoció a un viudo con dos hijos con quien se casó. Franco, Rosemary y el pequeño Nico se quedaron solos en la villa. Su prima a menudo insistía en sus cariñosas invitaciones. Escribía:
Parece que ha pasado tanto tiempo desde la última vez que te vi. No deberías ser una extraña, cariño, en especial después de lo mucho que hemos compartido.
Joanne contestaba disculpándose por no poder ir debido al trabajo, ya que su destreza para copiar cuadros le había deparado una carrera de éxito. Pero jamás explicaba el verdadero motivo, que era su desconfianza de mirar al marido de Rosemary sin amarlo. Y eso estaba prohibido, no sólo porque a él no le importaba nada Joanne, sino porque ésta también quería a Rosemary.
No tenía más familia que su prima, que también era hermana y madre, y a quien quería más que a nadie en el mundo, a excepción de Franco. Le debía a Rosemary más de lo que podía pagarle, y su acentuado sentido de la lealtad la obligaba a mantener las distancias.
Se sentía sola, y en ocasiones la tentación de ir a visitarlos resultaba abrumadora. A veces pensaba que conocer a Nico no podría causar ningún daño. Pero entonces Rosemary escribía y finalizaba la carta con un inocente: «Franco te envía todo su amor». Y las palabras aún dolían, y le advertían de que jamás debía realizar esa visita.
El aspecto exterior que daba Joanne era el de una mujer de éxito, con una larga fila de admiradores. La indefinición de sus años adolescentes había desaparecido, dejando una figura esbelta y un rostro delicado. Siempre había hombres ansiosos de seguir su belleza. Dejaba que la invitaran a cenar, y algunos de ellos, ciegos a las remotas señales que ella enviaba sin saberlo, se engañaban pensando que realizaban progresos. Al comprender su error, la llamaban fría, algo que hasta cierto punto era verdad. Joanne no tenía corazón para ellos. Hacía tiempo que se lo había robado un hombre que no lo quería.
