
– ¿Más comida? -protestó Joanne, riendo-. ¿Intentas que engorde, María?
– Intento que no te desvanezcas -repuso la otra-. Ninguna joven debería ser tan flaca como tú.
En realidad no era flaca, sino esbelta. Su intención era mantenerse así, aunque María lo dificultaba.
La mesa rebosaba con los esfuerzos de su afán: pan de ajo con tomate, crema de aceitunas negras y sopa de pescado, seguido de arroz con guisantes.
A pesar de la preocupación por su silueta, Joanne no pudo resistir esos manjares. Le encantaba la comida del Piamonte desde los dieciocho años y había ganado una beca para estudiar Arte en Italia. Era feliz saboreando las comidas con especias o vagando por Turín para empaparse de grandes pinturas y soñar con que algún día contribuiría con una obra suya. Y se había enamorado loca y apasionadamente de Franco Farelli.
Lo conoció por su hermana, Renata, una estudiante de Arte de su misma clase. Se habían hecho buenas amigas, y Renata la había llevado a su casa a conocer a su familia, viticultores con enormes viñedos al norte de la pequeña ciudad medieval de Asti. Joanne había quedado cautivada con Isola Magia, el hogar de los Farelli, sintiéndose cómoda desde el primer momento con toda la familia; Giorgio, el padre grande y atronador que se reía, bebía y fanfarroneaba mucho; Sofía, su esposa, una mujer de rostro y temperamento vivos que recibió a Joanne de forma reservada aunque dándole la bienvenida.
Pero desde el instante en que conoció a Franco supo que era el hombre de su vida. Entonces él tenía veinticuatro años, alto y de huesos largos, con un porte orgulloso que lo diferenciaba del resto de los hombres. De su padre, un italiano del norte, había heredado la estatura, y de su madre, procedente de Nápoles, en el sur, la piel cetrina, los oscuros ojos de color chocolate y el pelo negro.
También en otros sentidos era una amalgama del norte y el sur. Poseía el encanto natural de Giorgio, pero también el carácter volcánico de Sofía, con sus furias rápidas y demoledoras. Joanne había sido testigo de su ira sólo en una ocasión, cuando encontró a un joven que castigaba con saña a un perro. De un puñetazo lo tiró al suelo y durante unos segundos sus ojos irradiaron cólera asesina.
