La asombrosa luz de la tarde que penetraba por las ventanas de la Villa Antonini le mostró lo bien que había ejecutado la tarea encomendada, y lo mediocre que era ésta.

– ¿Está terminado? -el Signor Vito Antonini había entrado en silencio para situarse a su lado. Era un hombre rechoncho, de mediana edad, que había ganado una fortuna inmensa con la ingeniería y que en ese momento disfrutaba gastándola. No paraba de hacerle regalos a su pequeña y sencilla esposa, a quien adoraba, y a quien había comprado esa lujosa villa en las afueras de Turín.

Luego adquirió algunas grandes pinturas para adornarla. Pero como eran valiosas, el seguro había insistido en que debería guardarlas en una caja de seguridad en el banco, algo que él no deseaba. De modo que contrató a Joanne Merton, quien con apenas veintisiete años tenía una gran reputación como copista especializada en pintura italiana.

– Tus copias son tan perfectas que nadie distinguirá la diferencia, signorina -comentó con alegría.

– Me alegro de que te satisfaga mi trabajo -repuso con una sonrisa. El hombrecito y su esposa le caían bien; la habían recibido en su casa como a una huésped de honor.

– ¿Crees que podríamos guardar sus copias en el banco y mantener los originales en mis paredes? -preguntó con añoranza.

– No -se apresuró a contestar-. Vito, yo hago copias, no falsificaciones. Sabes que la condición de mi trabajo es que jamás ha pasado por un original.

Vito suspiró, ya que era un hombre acostumbrado a correr riesgos, pero en ese instante su mujer entró en la sala y Joanne apeló a ella.

– Cretino -recriminó a su marido-. ¿Quieres que esta amable joven vaya a la cárcel? Olvida esa tonta idea y ven a comer.



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