
– Eh, mamá… -comenzó con voz rica.
¿Cómo podía alguien resistirse a esa voz? Irradiaba toda la pasión del mundo, como si hubiera hecho el amor con todas las mujeres que había conocido. Y Joanne, una joven procedente de un país frío y lluvioso, había sabido en un cegador instante que su destino era él.
Con pesar, no albergó ilusiones de ser ella su destino. Sus propiedades estaban llenas de mujeres exuberantes y jóvenes que suspiraban por él. Sabía, gracias a que Renata se lo había confesado entre risas, que Franco se entregaba con libertad a sus placeres allí donde los obtenía, para indignación de su madre y secreta envidia de su padre.
Pero nunca había coqueteado con Joanne, a quien trataba como si fuera su hermana. El corazón de ella había estado listo para estallar de júbilo por su presencia y de desesperación por su indiferencia.
– No puedo comer más -comentó Joanne, mirando su plato vacío.
– Pero debes probar un poco de queso cremoso y pudín de ron -indicó María-. La haces trabajar mucho -reprendió a su marido.
– No es culpa mía -protestó él-. Le muestro los cuadros y digo: «Trabaja como te apetezca», y en una semana ha finalizado la copia de la Madonna de Carracci.
– Porque trabaja mucho -insistió María, sirviendo queso cremoso en el plato de Joanne-. ¿Cuántos quedan por hacer todavía?
– Cuatro -repuso Joanne-. Dos más de Carracci, un Giotto y un Veronese. Reservo éste para el final porque es muy grande.
– No puedo creer que una joven inglesa entienda tan bien los cuadros italianos -musitó Vito-. Al principio me dieron los nombres de varios italianos que realizan este tipo de obras, pero todo el mundo me dijo: «No, debes ponerte en contacto con la Signorina Merton, que es inglesa, pero con alma italiana».
