– Estudié en Italia un año -le recordó ella.

– ¿Sólo un año? Uno pensaría que llevas aquí toda la vida. Debió ser un año maravilloso, pues creo que Italia penetró en tu corazón.

– Sí -contestó despacio-. Sí, lo hizo…


Renata comenzó a invitarla cada fin de semana y Joanne sólo vivía para esas visitas. Franco siempre se hallaba presente, pues los viñedos eran su pasión. A pesar de su juventud, ya había empezado a tomar las riendas y dirigía el lugar mejor de lo que nunca lo había hecho Giorgio.

En una ocasión consiguió encontrarse a solas con él entre las vides. Comprobaba un racimo tras otro, sus dedos largos y fuertes los apretaban con la ternura de un amante. Joanne le sonrió. Medía un metro y setenta y dos centímetros, y Franco era uno de los pocos hombres lo bastante altos como para obligarla a alzar la vista para mirarlo.

– He salido en busca aire fresco -comentó ella, tratando de sonar casual.

– Elegiste el mejor momento -le sonrió-. Me encanta estar aquí al anochecer, cuando el aire es suave y amable.

– Pero no es ese tipo de país, ¿verdad?

– Lo puede ser. Italia muestra cambios violentos, pero puede ser dulce y tierno.

Qué profunda y resonante era su voz. Pareció vibrar a través de su cuerpo, transformando sus huesos en agua.

– Qué hermoso crepúsculo -logró decir al fin-. Me encantaría pintarlo.

– ¿Vas a ser una gran artista, piccina? -preguntó con cierta burla.

Joanne deseó que no la llamara piccina. Significaba «pequeña» y se usaba para hablar con los niños. Aunque también se empleaba como término afectuoso y lo atesoró como una migaja procedente de su mesa.

– Creo que sí -repuso, como si lo pensara con seriedad-. Pero aún intento hallar mi propio estilo -aún no había descubierto que carecía de estilo; que sólo tenía un don para la imitación.

Sin contestar él arrancó un pequeño racimo de uvas y aplastó algunas contra su boca. El zumo púrpura cayó de forma exuberante por su barbilla, «como el vino de la vida», pensó Joanne. Con ansiedad alargó las manos y Franco le ofreció un ramillete. Imitó su movimiento y al comprobar su sabor tuvo una arcada.



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